








Epistemologías Radicales
Walter Benjamin sostenía que todo conocimiento emerge del fragmento, de la ruina, del resto, ya que es precisamente en su incompletitud donde aquello que las cosas han sido y aquello que continúan siendo se iluminan mutuamente. Privilegiar lo fragmentario y lo discontinuo como forma de construir conocimiento es, en este sentido, una práctica radical: una crítica al imperialismo epistemológico de aquella historia y aquella ciencia que han pretendido ser universales, objetivas y neutrales. Es así como Allegra Esclapon, Ana Nance, Gloria Oyarzabal, Linarejos Moreno, María Gimeno y Pia Post —las artistas de La Tercera Nave— cuestionan, a través de sus diversas prácticas, los propios fundamentos del conocimiento. Más que preguntarse cómo conocemos, interrogan las exclusiones que sostienen la construcción del conocimiento, las violencias inscritas en él y las posibilidades que existen para imaginar formas de conocimiento más justas y futuros más justos. Sus obras despliegan sistemas epistemológicos abiertos, inestables, contingentes e incluso anacrónicos; prácticas atentas al gesto, los procesos, la emoción y la ausencia, en las que el arte se afirma como espacio político y ejercicio ético. En la obra de estas seis artistas existe un profundo compromiso con aquello que resiste y sobrevive, una actitud cognitiva innovadora que interrumpe la aparente continuidad del tiempo y la historia, revelando estructuras ocultas y trayectorias invisibilizadas, mientras mira hacia el futuro con esperanza a través de su labor reparadora en mundos fracturados.
Fabiola López-Durán
Para Ana Nance y Linarejos Moreno, el conocimiento se construye a partir del territorio y el archivo, y mediante la yuxtaposición de procesos cognitivos heterogéneos: desde metodologías científicas e infografías hasta prácticas ancestrales y tradiciones orales —tanto colectivas como empíricas— capaces de transmitir patrimonio cultural intangible. Ana se adentra en el territorio de sus ancestros como un campo de investigación material y simbólica: recoge la historia en sus omisiones y fragmentos, modela su tierra como un archivo y la transforma en registros íntimos de existencia. Al mismo tiempo, yuxtapone el paisaje y el territorio personal con episodios de conflicto, placer, resistencia y cultura registrados en sus propios archivos del mundo, configurando así un dispositivo visual en el que memoria, experiencia y espacialidad convergen de manera crítica. Linarejos, por su parte, cuestiona la supuesta objetividad y precisión de las geografías clasificatorias y las infografías: desde las fitogeografías de Alexander von Humboldt —concebidas para representar la distribución geográfica de las especies vegetales en las Américas— hasta fórmulas matemáticas para calcular la edad de los árboles o retículas para cartografiar la expansión de la industria ganadera. Como anotaciones científicas inscritas en el paisaje, su investigación produce una forma de conocimiento que se opone a las lógicas extractivistas del capitalismo y a las estructuras de explotación laboral, segregación racial e injusticia medioambiental que lo sostienen.
