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Es mi primera vez en Palestina. Puede parecer extraño, pero me hace mucha ilusión.

Había oído tantas historias de cómo los israelíes se ponen duros en las aduanas y controles que estaba en tensión, con la adrenalina disparada, esa adrenalina que forma parte de las vidas de tantos periodistas. Finalmente entramos por un lugar por el que no puedes volver a Israel, en la autopista que va a Jerusalén desde el aeropuerto de Ben Gurion.

Fue una sorpresa ver que las colinas a ambos lados del camino estaban nevadas: no es muy frecuente. La nieve tiene un efecto de paz, quita los ruidos y blanquea el ambiente dejándolo virgen.

Empezamos a entrar en un barrio de las afueras de Ramala, pero no veía nada por mi ventanilla, así que intenté bajarla. No pude. En ese instante, varias bolas de nieve chocan contra esa ventana como tiros y me dan tal susto que casi acabo en el suelo del coche. Eran chavales jugando, tirando bolas a los coches: menos mal que no logré bajar la ventanilla.

Curiosamente, a lo largo de mi semana en Ramala y Jerusalén, no fue la única vez que vi a chavales tirar objetos redondos. ¡Vaya juego!

A una manzana de mi hotel, ya casi de noche, veo un muñeco de nieve palestino encima de un coche. Pido al taxista que pare, miro para todos los lados para asegurarme de que ningún chaval me va a tirar una bola, y me acerco a fotografiarlo. Al final, los chavales que habían hecho el hombrecito de nieve se hicieron fotos conmigo, ellos también con ilusión.

La foto está tomada con una Hasselblad 503CW, un objetivo de 40, a F4 y 1/15 segundos, con un respaldo digital CFV de Hasselblad.