Makishi Masquerade, Livingston, Zambia.

ZAMBIA ES ASÍ

Cuando uno viaja a las profundidades de África hay muchas decisiones que tomar y un sinfín de cosas que preparar. ¿Tomarse las pastillas contra la malaria? ¿Qué enchufes hay que llevar? Visados, números de contacto, qué pasa si no funciona el móvil (efectivamente, esto ocurre en algunos lugares del mundo), o llevar dinero en efectivo por si no encuentras un cajero. La lista es interminable, lo que provoca que el viaje empiece realmente mucho antes de salir de casa, sobre todo cuando uno viaja a África. Llegar a este continente sin estar abierto a la aventura es negar su esencia. Aunque había preparado bien todo, no tenía ni idea de lo que me esperaba 24 horas después.

Tres vuelos más tarde, llegué a un pueblo llamado Livingston, en el lado de Zambia de las cataratas Victoria. Efectivamente, Zimbabue y Zambia comparten las cataratas y el nombre rinde homenaje al famoso explorador David Livingston.

El propósito de mi viaje fue acudir a la asamblea general de la OMT, Organización Mundial del Turismo, auspiciada por Zimbabue y Zambia. Sin embargo, quise llegar una semana antes para descubrir este último país, que siempre me había interesado. Zambia es pacífico (al contrario que sus vecinos) con 70 tribus diferentes que conviven sin apenas conflictos. Su diversidad cultural confiere al país una variedad impresionante de color y armonía que ha ayudado a preservar sus tradiciones únicas. Zambia es además, un país seguro y fácil de recorrer para una mujer que viaja sola.

Dejando el aeropuerto a un costado de la carretera, veo un letrero que dice: Painted Dog (Licaones, un perro salvaje africano), uno de mis animales favoritos, en vías de extinción y muy difícil de ver. Una vez pude ver uno en la Reserva Natural Sabi Sabi en Sudáfrica. Quizás esta vez sea igual de afortunada. En el avión de regreso a casa, un auxiliar de vuelo me indicó que una familia de Licaones vivía junto al aeropuerto y que les gustaba cruzar la carretera.

Una vez que dejamos atrás las cataratas secas (estaban secas, efectivamente), el conductor me dijo que estaban reteniendo las aguas para volver a abrir los diques cuando pasaran los funcionarios que iban a llegar para el gran evento. En el asiento de delante, hojeé los titulares del periódico: Un Perro se hace pasar por un león en un Zoo chino y Un hombre en Nueva York es sentenciado por hacerse pasar por conductor de metro.

Los monos en esta parte de África son como los gatos callejeros o las palomas en cualquier ciudad europea. ¡Están en todas partes! El primer consejo y el más importante que me dieron nada más llegar a lo que iba a ser mi casa durante los próximos días (el santuario de Sussi & Chuma) fue no dejar nunca la puerta abierta ni restos de comida. Si no tienes cuidado, aquí los monos se beberán tu cerveza, mirarán la tele y te dejarán alguna que otra sorpresa debajo de las sábanas.

Antes de la puesta de sol, corrí hacia el muelle cruzando por unos tablones de madera hasta llegar a un diminuto bote fluvial. El capitán me esperaba para llevarme a dar un paseo por el río Zambeze. En ese momento, empecé a hacer realidad uno de mis mayores sueños. El sol, una enorme bola roja, posándose sobre la tierra y reflejándose en el agua, como a cámara lenta. En ese instante, me di cuenta de que no estaba sola disfrutando del momento: una familia de hipopótamos, con sus grandes ojos, flotaba en la superficie con atenta mirada. Durante nuestra travesía, pude ver a un grupo de elefantes en una pequeña isla, ¿están en Zimbabue o Zambia? Las aves que descubrí me resultaron fascinantes y de una variedad increíble. Sus colores, formas, tamaños y sonidos llenaban el cielo. De pronto, sonó el móvil del conductor que me acompañaba, interrumpiendo la magia del momento. El ministro de Turismo me esperaba. Debía volver.

Aquella tarde conocí a personalidades muy interesantes. Caristo Chitamfya, un presentador de televisión y mi anfitrión durante los días previos a la asamblea general. Mulenga Kapwepwe, una increíble y poderosa mujer africana. Autora, productora, miembro del comité del Consejo de las Artes y una defensora entusiasta de la cultura de su país. Ambos colaboraban en la organización de los eventos que se iban a celebrar en torno a la asamblea general y se aseguraron de que el acto representara la rica diversidad humana de Zambia.

Mientras recababa información, antes de viajar a África, revisité Maske, uno de mis libros de fotografía, cuya autora es Phyllis Galembo. Volví a sumergirme en el capítulo sobre Zambia llamado Los Lovales Enmascarados. Me sentí inmediatamente atraída por los retratos de los danzantes. Me pregunté si una vez en África, tendría la oportunidad de fotografiar a alguno de ellos. La noche del gran evento, Mulenga me invitó a un festival donde iban a aparecer los danzantes. Quizás se cumpliría otro de mis sueños.

Caristo me condujo a casa por la carretera de tierra que llevaba a Sussi & Chuma. Durante el trayecto, bajó el volumen de la radio para poder ver y escuchar a los animales antes de que ellos nos vieran a nosotros. Si no tienes cuidado, los gigantescos elefantes pueden destrozarte el coche.

Mientras caminaba sobre el puente de madera que llevaba a mi cabaña en los árboles, un hipopótamo emitió un sonido que nunca antes había escuchado. Una especie de tos que parecía el motor de un coche intentando arrancar. Me inquietaba la idea de salir al balcón a fumar un cigarrillo antes de acostarme, pero decidí enfrentarme a mis miedos. Al salir, un subidón de adrenalina me atravesó, como el agua del Zambeze choca contra las rocas. El viento silbaba entre las hojas, intensificando el sonido de algo que crujía más abajo. Nunca supe lo que era pero no he dejado de pensar en África y en lo fácil que es enamorarse de este continente.

El día siguiente fue de una excitación desbordante. Sobrevolé en helicóptero las cataratas Victoria. Lloraba de emoción al darme cuenta de la suerte que tenía al poder ser testigo de tanta belleza. Desde allí arriba, vi un elefante adentrarse en la maleza. Una imagen que ya había visto en National Geographic pero nunca en la vida real. Más tarde disfruté de una marcha en una reserva natural para turistas, junto a dos leones blancos. Me parecía muy extraño pero a los leones se les veía bien. Un guarda del parque, armado con un rifle gigantesco, nos guiaba hacia un par de rinocerontes. Me explicó que llevaba el arma por si los animales decidiesen que nuestra presencia estaba de sobra. Acabé la mañana con una comida en un auténtico restaurante del país donde las manos son los únicos cubiertos.

Más tarde, mientras nos aproximábamos al Club de Golf de Livingston, el humo de las parrillas inundaba el cielo. Una vez en el recinto, vimos gente disfrazada, bailando en la zona del aparcamiento. Me percaté que se trataba de un gran evento. La llegada de KK.

KK, también conocido como Dr. Kenneth Kaunda, es un gigante político en África, padre fundador de Zambia y su primer presidente desde 1964 hasta 1991. Participó y fundó movimientos independientes, incluyendo el Congreso Nacional Africano, que soñaba con la igualdad. KK también luchó por la independencia de Rodesia que entonces estaba en manos de colonias europeas. A sus 89 años, es toda una leyenda. Sigue luchando por la paz y por la resolución pacífica de los conflictos que asolan su continente, aunque últimamente está más dedicado a la lucha contra el sida.

Mientras el público se animaba y la música iba en aumento gracias a los tambores, KK salió de su vehículo deportivo, saludando con su mano izquierda y su habitual pañuelo blanco. Estrechaba la mano a cualquiera que se lo pedía. Le acompañaban un puñado de políticos y algunos miembros de los grupos que iban a actuar mas tarde. KK tomó asiento en la extravagante tienda que habían dispuesto para él y otros altos dignatarios y la ceremonia dio comienzo. No estoy del todo segura pero sospecho que casi todas las tribus, bailes, vestidos tradicionales e instrumentos musicales de Zambia estaban allí representados. Los intérpretes bailaban mientras el público rugía con tal alegría e intensidad que el sonido ensordecía las cataratas. En un momento dado, hasta KK se puso en pie para bailar.

Casi había olvidado a mis danzantes cuando de improviso, uno de ellos me sacó a bailar. Posteriormente le perseguí hasta que hubo acabado la ceremonia. Seguí hasta el autobús, donde le esperaban los otros danzantes que se estaban cambiando de ropa. Mi danzante intentó esquivarme hasta que apareció Caristo y nos presentó. Tímido, me dejó hacerle algunos retratos. Insistí con Caristo hasta que me explicó que los Lovales eran considerados seres sagrados. Quizá, algún día, pueda volver a Zambia para retratar a estos seres especiales como se merecen.

¡Imagínate como fue el resto de mi viaje!